¿Te has sentido rechazado por papá o mamá en la infancia?

El ser humano tiene en torno a unas diez necesidades o motivaciones básicas. Algunas son más instintivas y están determinadas genéticamente, y otras son el resultado de que interaccionemos con el entorno, fruto del aprendizaje. En cualquier caso, cada una de esas necesidades desarrolla una serie de conductas que nos ayudan a adaptarnos a los diferentes ambientes a lo largo del tiempo.

Hay tres necesidades básicas que están relacionadas entre sí. Se trata de la motivación de apego, afiliación y reconocimiento.

La necesidad de apego sería aquello que impulsa al bebé a estar en contacto con la figura que esté disponible y que sea la más segura. En términos generales solemos pensar en mamá o papá, o en que podría ser lo mejor. Esa figura a la que nos vinculamos nos ayuda a regular las necesidades más primarias, como nuestra energía o nuestras emociones. La necesidad de afiliación sería la que nos lleva a buscar contacto con otras personas. Evolutivamente, tener una red social ha favorecido nuestras posibilidades de supervivencia y, honestamente, hoy en día tampoco ha cambiado tanto. Ser identificado por otros como un ser digno de formar parte del grupo es lo que denominamos necesidad de reconocimiento. Es fundamental para la configuración de la autoestima y, además, imprescindible para que los sistemas de apego y afiliación cumplan su función.

¿Qué ocurre cuando un niño ha sufrido una herida de rechazo o de abandono?

¿Qué ocurre cuando una niña tiene una herida emocional porque se ha sentido aislada, como si no encajara, como si no perteneciera?

¿Qué ocurre cuando un niño herido siente que no está bien como es, siente incluso vergüenza de sí mismo y cree que nadie le va a querer?

¿Qué ocurre cuando una niña con una profunda herida emocional necesita conseguir la aprobación de los demás por encima de sus propias necesidades?

Cuando hablamos de herida, hablamos de trauma y, honestamente, el término trauma fue algo que utilicé en muchas ocasiones de manera indiscriminada. Cuando empecé a trabajar en ello, dejé de hacerlo.

El trauma es el origen del porqué de nuestra forma de pensar, de sentir y de actuar. 

Marca cómo nos percibimos y cómo entendemos el mundo y nos movemos por él. Es lo que nos lleva a vincularnos y relacionarnos con las personas de nuestro entorno, respondiendo a un para qué. Es eso a lo que necesitamos llegar, atravesar; es para lo que tenemos que prepararnos física y emocionalmente, aprendiendo estrategias que nos ayuden a sostenernos en el proceso. Es lo que responde a tu dolor y al desarrollo último de tu potencial. Es lo que te voy a ayudar a descubrir y en lo que te puedo acompañar hasta que se transforme en un mero recuerdo. 

Creo que la forma más sencilla de comprender qué es el trauma es imaginar algo que te sucede, a nivel físico y/o psicológico, que supera el nivel de tolerancia que tienes en ese momento de su vida. Es decir, no tienes los recursos suficientes para poder hacerle frente y volver a un estado de equilibrio, de calma, donde el día a día no cueste esfuerzo. Por ello, en muchas ocasiones pasamos a vivir en un estado de alerta tremendamente desgastante y destructivo.

Y es que las personas, en ocasiones, no somos plenamente conscientes del daño que esa situación o esa persona generó en nosotros mismos. Pensamos que, con el tiempo, todo volverá a ser como antes y que no pasa nada, que esto no me va a pasar factura. Pero sí pasa y es real, te lo tengo que decir.

El trauma cambia la forma en la que nuestros pensamientos toman presencia en nuestra mente y también nuestra capacidad para hacerles caso o no. Cambia la forma en la que sentimos y nos sentimos, y cómo podemos actuar. Cambia la forma en la que nos percibimos, entendemos el mundo y nos movemos por él. Cambia la forma de vincularnos y relacionarnos con nuestro entorno y responde al lugar desde el que te vinculas y al para qué lo haces.

El miedo al rechazo suele darse en personas que han crecido sintiendo que debían cumplir las expectativas de, probablemente, una de sus figuras de apego primarias, bien sea papá o mamá, para ser aceptadas o valoradas.

Cuando los cuidadores principales nos han criticado, comparado, invalidado emocionalmente o no nos han reconocido, puede llevarnos a desarrollar la creencia de que no somos suficientemente buenos, de que no estamos bien como somos, de que no merecemos ser queridos y a generar una gran sensibilidad ante cualquier señal de desaprobación.

Puede aparecer dificultad para expresar opiniones o necesidades. Buscamos agradar, para lo cual desarrollamos una hiperexigencia y un perfeccionismo desmesurados; sentimos culpa por descansar o por no ser productivos; podemos evitar situaciones nuevas por miedo a fallar y tendemos a tener una baja tolerancia al error. También tendemos a interpretar de forma negativa comentarios o comportamientos ambiguos de los demás, personalizándolos y tomándolos como una señal de rechazo. Así, se da una alta afectación a nuestro valor personal, y acabamos asociando directamente nuestra autoestima a nuestro rendimiento.

Es decir, mi identidad se solapa con mi capacidad de rendir, de producir, de lograr.

En el colegio empiezan a ser bastante visibles estos patrones, sobre todo si has tenido alguna limitación, como que las matemáticas no se te daban bien o que los deportes no eran lo tuyo. Vas creciendo y tu futuro académico y profesional empieza a verse marcado por las decisiones que estás tomando en esa época.

Empiezan a aparecer momentos de duda, de conflicto interno, entre lo que has cursado y lo que realmente querías estudiar, por poner un ejemplo. Llevas esas decisiones adelante sintiéndote muy ajeno a ellas y tratas de encajarlas en tu vida de una forma que no te haga sentir tan poco realizado. O, por el contrario, aquello que aprendiste que era algo en lo que tenías que destacar resultó ser algo que te motivaba y conseguiste disfrutar durante el camino.

Sea cual sea de las dos opciones, la exigencia que sientes hacia ti nubla tu vida. Te exiges intentando llegar a esos estándares de perfección que tú mismo o tú misma te has marcado y que suelen ser inalcanzables. Y, cuando rozas alguno de ellos, la satisfacción es tan efímera que apenas te da tiempo a conectar con ella, a sentirla como tal.

Esto te lleva a no permitirte descansar e intentar controlar todo aquello que sucede en tu vida para que nada te descentre de obtener ese resultado, de hablar de esa forma en esa reunión o de conseguir ese feedback.

El perfeccionismo llega a hacer que incluso, en tus relaciones sociales, te exijas estar siempre a un determinado nivel, dentro de ese rol de mujer u hombre activo que puede con todo.

 

Aunque ambos sabemos que, aunque se dé esa aprobación o ese reconocimiento, incluso por parte de papá o mamá, mañana vas a volver a despertar a las siete de la mañana y el descanso será para otra vida.

Si estas palabras te han resonado solo párate a pensar cuanto más, cuanto tiempo más de tu vida quieres seguir viviendo en ese estado de tensión, aceleramiento y alerta. Y valora si quizás empieza a ser el momento de dejar de vivir haciéndote tanto daño y desvalorándote, queriéndote tan poco.

 

Desde Seralia Psicología te acompañaremos de forma profunda a lo largo de tu proceso terapéutico tendrás la ocasión de exponerte a esas experiencias que te hicieron creer que no eras válida/o por ti misma/o y que tu valor depende de tus logros. Aprenderás a dejar de autoexigirte por miedo a decepcionar a los demás y aprenderás a cuidarte y a vivir con mayor paz mental.

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