¿Por qué tengo la necesidad constante de saber que mi pareja me quiere y no me va a abandonar? ¿Por qué sus muestras de atención y cariño muchas veces no son suficientes? ¿Por qué tengo tanto miedo a que mi pareja me deje de querer? ¿Por qué priorizo sus necesidades por encima de las mías, incluso las de mis amigos o compañeros de trabajo? ¿Por qué me cuesta tanto estar solo? ¿Por qué me cuesta poner límites sin sentir culpa? ¿Por qué me cuesta tanto decir que no? ¿Por qué tengo miedo al abandono en mis relaciones?
Bajo estas conductas suele existir una necesidad profunda de sentirse vinculado, querido y seguro en relación con otras personas.
El apego es un fenómeno biológico, innato y universal. Se desarrolla de una determinada manera y varía cómo lo expresamos. Es decir, un peque si se aleja mucho de mamá y se siente en peligro se activará su sistema de apego para aproximarse y buscar su protección. Un adulto cuando se ha sentido sobrepasado por una situación de estrés laboral o ha tenido un desengaño con alguien que consideraba su amigo busca a su pareja para sentir cobijo y comprensión.
Esto es, el apego modula nuestra capacidad de gestión del estrés y a su vez, desarrollar un apego seguro nos permite enfrentarnos de forma más saludable a aquello que potencialmente puede hacernos daño.
Poder vincularnos de forma segura es un seguro de vida.

Hay 4 tipo de apego, uno seguro y tres inseguros (ansioso-ambivalente, evitativo y desorganizado). El estilo de apego de apego es un conjunto de respuestas tanto innatas como aprendidas que el peque activa ante un peligro para encontrar a su figura de apego, utilizarla como base de seguridad y refugio y que hacen que se resista a su separación. Esto es lo que nos ayuda a regularnos emocionalmente cuando nos sentimos en malestar.
Los niños que desarrollan un apego ansioso responden con mucha intensidad ante un peligro. Puede ser que recuerdes como en algún momento de tu vida aprendiste que para que te dieran la atención necesitabas responder de una forma muy intensa, dramática. Y que, aun así, en muchas ocasiones no era garantía siquiera de recibir la escucha y el cariño que necesitabas.
Puede ser que te empezases a dar cuenta en algún momento como papá y/o mamá eran inestables, a veces respondían de una forma y ante una situación parecida en otro momento respondían de manera indiferente o con una respuesta ciertamente distinta. Puede ser qué esto te llevara a mantenerte en cierto estado de alerta, hiperactivado para poder estar pendiente de a ver por dónde va a soplar hoy el aire.
Al final papá o mamá eran alguien de quién necesitabas estabilidad y no esa ambivalencia. Entiendo cómo puedes sentir rabia al ser consciente de que puedas seguir sintiendo la necesidad de proximidad, de que sepas y sientas que le o les sigues queriendo.
Puede ser también que te pese la sensación de haber invertido mucho tiempo ensimismado en tus propias preocupaciones, en pensar el por qué he actuado ahora de esta forma con esta persona o con esta otra.
El miedo al abandono es el resultado de haber vivido experiencias en la infancia principalmente en las que nuestros progenitores o cuidadores primarios no nos hicieron sentir a salvo.
Estas conductas de búsqueda, de llamar la atención es probable que pudieran ayudarte a adaptarte en algún momento de tu vida, puede que te aproximaran a recibir esos cuidados que tanto necesitaste de mamá o papá y que te ayudaran a sentirte seguro y a poder imaginar explorar el mundo con confianza y sin tanto miedo.
Pero llegó un momento en el que probablemente empezaste a ser consciente de cómo te relacionabas con tus amigos, con los chicos o las chicas. Cómo sentías esa necesidad constante de reasegurar su amistad o su amor; cómo cualquier gesto lo podrías interpretar como una señal de que se va a ir; cómo para evitar que se fuera podías ponerte incluso en riesgo; cómo te diste cuenta de que entendías el amor desde la intensidad, desde esa montaña rusa; de cómo sentir tanta ansiedad ante tantas situaciones vitales agota y hace daño.
En el mundo de los adultos la relación de apego supuestamente es simétrica entre los dos miembros de la pareja y el que cuida va rotando en función de las necesidades de cada uno y de la pareja. Ya no es necesario que la otra persona esté presente en todo momento sino que uno integra qué esa persona puede ser mi sostén y mi anclaje en momentos donde yo no puedo serlo por mí mismo, ante el dolor, ante el trauma. O bien en situaciones cotidianas donde simplemente quieres compartir y tener su opinión porque para ti es importante. El adulto es más tolerante a la separación por lo que las conductas de apego ante la ausencia de la pareja son más tenues y puede quedarse en un echar de menos.
Lo que ocurre es que muchas veces este miedo al abandono y este tipo de vinculación insegura y ansiosa lleva a que desarrollemos patrones de relación repetitivos por los que acabamos creando nuevas relaciones desde la dependencia y la inseguridad.
Desde la psicología integradora online podemos acompañarte a comprender el miedo al abandono, sanando tus heridas emocionales a través del procesamiento emocional en un espacio seguro para poder integrar tu pasado y que te permite poder construir relaciones presentes y futuras desde la seguridad, potenciando tu amor propio y tu libertad.